domingo, 28 de mayo de 2017

ADOLESCENTES CON BAJA AUTOESTIMA SON MÁS ADICTOS AL MÓVIL

CIENCIAS SOCIALES: Psicología
Los adolescentes con baja autoestima son más adictos al móvil

Rasgos como una baja autoestima, seguido de un grado elevado extraversión, así como escasos niveles de responsabilidad y estabilidad emocional predisponen a los adolescentes a padecer una dependencia de los smartphones. Esta es la principal conclusión que se extrae de un estudio elaborado por investigadores de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona.

SINC 
España se ha colocado como líder en Europa en el mercado de smartphones. / URV

El rápido desarrollo que ha experimentado la tecnología en los últimos años ha hecho variar los hábitos de las personas, especialmente en cuanto al uso de los teléfonos inteligentes. Algunos estudios muestran cómo en países como Estados Unidos, un 92% de los adolescentes se conectan al móvil cada día, y un 24% de estos dicen que están en línea casi de forma constante.

De hecho, el número de móviles ha superado por primera vez la población mundial, y España se ha colocado como líder en Europa en el mercado de smartphones.

En este contexto, los investigadores Joan Boada, Lídia Argumosa y Andreu Vigil, del grupo del departamento de Psicología de la Universidad Rovira i Virgili (URV), han llevado a cabo un estudio entre alumnos de bachillerato y universitarios que indica que existen variables de la personalidad que predisponen a padecer adicción a los smartphones.

Los investigadores realizaron encuestas de evaluación a 250 estudiantes

Rasgos fundamentales

El trabajo, el primero que se lleva a cabo en población latina y de habla castellana, muestra que hay cuatro rasgos fundamentales para que aparezca esta adicción: el que más destaca por encima de todos es la baja autoestima, seguido de un grado elevado extraversión , y poco nivel de responsabilidad y de estabilidad emocional.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores realizaron encuestas de evaluación a cerca de 250 estudiantes, que incluían un test de autoestima y otro de personalidad. Estas características de la personalidad, además, tienen carácter acumulativo, por lo que personas con baja autoestima y poca estabilidad emocional tendrán más predisposición a padecer esta adicción que otras que sean extrovertidas, por ejemplo.

Una vez evaluados a los estudiantes, ahora los investigadores quieren ampliar la investigación sobre esta adicción al ámbito laboral.
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Referencia bibliográfica: 
Argumosa-Villar, L, Boada-Grau, J, Vigil-Colet, A. “Exploratory investigation of theoretical predictors of nomophobia using the Mobile Phone Involvement Questionnaire (MPIQ)”. Journal of Adolescence. Published online Feb 21, 2017. doi: 10.1016/j.adolescence.2017.02.003

http://www.agenciasinc.es/Noticias/Los-adolescentes-con-baja-autoestima-son-mas-adictos-al-movil

DESCUBREN CIVILIZACIÓN DE HACE 15.000 AÑOS EN HUACA PRIETA PERÚ

Excavaciones en antiguo túmulo peruano llevan al revolucionario descubrimiento de una avanzada civilización de hace 15.000 años

Mark Miller
Ancient Origins

Cientos de miles de objetos que se remontan a una época tan antigua como hace 15.000 años han sido descubiertos en el yacimiento arqueológico peruano del túmulo de Huaca Prieta. 
© Nephicode

El antiguo asentamiento de Huaca Prieta, situado en el Valle Chicama de la costa norte peruana, en la desembocadura del río ChicamaLas reliquias incluyen elaboradas cestas tejidas a mano y herramientas para la pesca en alta mar, que habrían precisado del uso de embarcaciones que pudiesen navegar en aguas embravecidas, además de evidencias de producción agrícola y comercio a gran escala. Los hallazgos revelan que existió una antigua civilización en la región mucho más avanzada de lo que se creía hasta ahora.

"Los cúmulos de objetos recuperados en Huaca Prieta incluyen restos de comida, herramientas de piedra y otros elementos culturales, como telas y cestas ornamentales, que sin duda plantean interrogantes sobre el grado de desarrollo de las primeros pobladores humanos de la región, su nivel de conocimientos y la tecnología que empleaban para explotar los recursos, tanto en tierra como en el mar," comentaba el Dr. James M. Adovasio, coautor del estudio y arqueólogo de la Universidad Atlántica de Florida en declaraciones recogidas por Phys.org, añadiendo a continuación que "La cadena de acontecimientos que hemos descubierto demuestra que este pueblo tenía una notable capacidad para hacer uso de diferentes tipos de recursos alimentarios, lo que les llevó a ser una sociedad más numerosa con todo lo que ello implica, como la aparición de la burocracia y una religión altamente organizada."Excavaciones más profundas revelan nuevos hallazgos 

© ScienceAdvances

El túmulo de Huaca Prieta, situado sobre la Terraza de Sangamon (la superficie enterrada de la terraza, con depósitos culturales del Pleistoceno Tardío y principios del Holoceno, aparece indicada por la línea discontinua bajo el túmulo).Las primeras excavaciones arqueológicas en Huaca Prieta se llevaron a cabo en los años 40, pero en épocas más recientes un equipo encabezado por el antropólogo de la Universidad Vanderbilt Tom D. Dillehay ha realizado nuevas excavaciones y análisis que han revelado mucho más sobre las gentes que habitaban el lugar hace milenios. 

Leemos en el resumen del artículo publicado por los investigadores en ScienceAdvances:

Herramientas sencillas de piedra, elementos culturales de materiales efímeros y restos de alimentos marinos y terrestres se encuentran presentes e intactos en los depósitos del Pleistoceno Tardío y principios del Holoceno hallados bajo el gran túmulo de Huaca Prieta, realizado por la mano del hombre, y otros asentamientos similares de la costa del Pacífico sudamericana, en el norte de Perú. La datación mediante carbono-14 revela una presencia humana intermitente hace entre 15.000 y 8.000 años, antes de que fuese construido el túmulo. La ausencia de anzuelos, arpones y herramientas de piedra bifaces sugiere que las tecnologías de recolección, caza, armas rudimentarias e intercambio comercial se empleaban principalmente para obtener recursos alimentarios a lo largo de la costa, en humedales cercanos a estuarios y en montañas del interior.
© Tom Dillehay

Los raspadores y herramientas para cortar estaban hechos de piedra y solo una de sus caras era funcional.Las herramientas de piedra de épocas muy remotas son asimismo características de otras regiones de Sudamérica. Los científicos han hallado en el yacimiento restos de aguacate, frijoles y posiblemente también calabaza y chile obtenidos en cultivos. Este descubrimiento sugiere que en la región se transportaban estos productos. 

Una antigua civilización con una incipiente organización económica 

Las recientes conclusiones, recogidas en el artículo de los investigadores, sugieren que los habitantes de Huaca Prieta hacían uso de estrategias de producción diversas que revelan una incipiente organización económica. Dicho esto, sus tecnologías eran sencillas, y los investigadores han concluido además que sus campamentos se establecían de forma temporal. 

Los arqueólogos han estudiado dos asentamientos: Huaca Prieta y Paredones, situados en la zona más baja del Valle Chicama, en la costa norte de Perú. Algunos de los restos de comida, herramientas de piedra y objetos diversos recientemente descubiertos se encontraban enterrados a profundidades de entre 7 y 30 metros en los túmulos realizados por los antiguos habitantes del lugar. 

© Tom Dillehay

Las excavaciones alcanzaron los 30 metros de profundidad en uno de los túmulos de Huaca Prieta.Se ha descubierto que los asentamientos estuvieron habitados intermitentemente hace entre 15.000 y 10.000 años. Algunos de los túmulos no ofrecen evidencias de presencia humana en ellos durante períodos de cientos de años. 

El informe definitivo de los investigadores será publicado el verano próximo en un libro editado por la Universidad de Texas. Los profesores Adovasio y Dillehay tienen previsto regresar a Perú el año que viene para examinar otras cestas recientemente descubiertas. Algunas de estas cestas, según informa el artículo publicado en Phys.org, se encuentran entre las más antiguas conocidas del continente americano.

https://es.sott.net/article/52862-Excavaciones-en-antiguo-tumulo-peruano-llevan-al-revolucionario-descubrimiento-de-una-avanzada-civilizacion-de-hace-15-000-anos

jueves, 25 de mayo de 2017

LEER Y ESCRIBIR TRANSFORMAN PROFUNDAMENTE EL CEREBRO

Leer transforma profundamente el cerebro

Demuestran que aprender a leer y escribir tiene increíbles efectos en la estructura de nuestro cerebro.


En el cerebro tiene lugar un proceso de reciclaje mientras aprendemos a leer: áreas desarrolladas para el reconocimiento de objetos complejos, como los rostros, se dedican a traducir letras al lenguaje; convirtiéndose algunas regiones de nuestro sistema visual en interfaces entre los sistemas visuales y de lenguaje. Así, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck de Psicolingüística junto con expertos del Centro de Investigación Biomédica (CBMR) de Lucknow y la Universidad de Hyderabad (India) han demostrado en un grupo de mujeres indias completamente analfabetas y en torno a los 30 años de edad, que su cerebro se transformó de forma extraordinaria cuando aprendieron a leer y escribir por primera vez en su vida. En conclusión, leer provoca cambios muy profundos en nuestro cerebro, aún en la edad adulta.

"Hasta ahora se suponía que estos cambios se limitaban a la capa externa del cerebro, la corteza, que se sabe se adapta rápidamente a los nuevos desafíos", comenta Falk Huettig, líder del trabajo.

La tasa de analfabetismo en la India es del 39%

La pobreza en este país aún limita el acceso a la educación en algunas partes de la India, especialmente para las mujeres, de ahí que los investigadores decidieran optar por participantes femeninas de alrededor de 30 años y completamente analfabetas. En 6 meses de entrenamiento, su nivel de lectura era notable.

"Aunque es muy difícil para nosotros aprender un nuevo idioma, parece ser mucho más fácil para nosotros aprender a leer, el cerebro adulto resulta sorprendentemente flexible", explica Huettig.

¿Qué ocurre en el cerebro adulto cuando una persona analfabeta aprende a leer y escribir?

En contraste con los supuestos anteriores, el proceso de aprendizaje conduce a una reorganización sorprendente que se extiende a las estructuras cerebrales profundas en el tálamo y el tronco encefálico, cambiando las regiones cerebrales que son muy vetustas en términos evolutivos e incluso partes centrales del cerebro de los ratones y otros cerebros de los mamíferos.

"Estas estructuras profundas ayudan a nuestra corteza visual a filtrar información importante, incluso antes de que la percibamos conscientemente. Creemos que estos sistemas cerebrales afinan su comunicación cada vez más, al tiempo que los estudiantes se vuelven más y más competentes en la lectura. Esto podría explicar por qué los lectores experimentados se mueven de manera más eficiente a través de un texto", aclara Huettig.

Una nueva visión sobre la dislexia

Los impresionantes logros de aprendizaje de las voluntarias del experimento no solo brindan esperanza a los adultos analfabetos, sino que también arrojan una nueva luz sobre la posible causa de trastornos de la lectura como la dislexia. "Es por eso que sólo los estudios que evalúan a los niños antes de que empiecen a aprender a leer y continían durante varios años pueden traer claridad sobre los orígenes de los trastornos de la lectura", concluye Huettig.

El estudio ha sido publicado en la revista Science Advances.

Referencia: M.A. Skeide at Max Planck Institute for Human Cognitive and Brain Sciences in Leipzig, Germany el al., "Learning to read alters cortico-subcortical cross-talk in the visual system of illiterates," Science Advances (2017). DOI: 10.1126/sciadv.1602612 

Por: Sarah Romero

http://www.muyinteresante.es/ciencia/articulo/leer-transforma-profundamente-el-cerebro-871495706700?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Muyinteresantees+%28MuyInteresante.es%29

miércoles, 24 de mayo de 2017

ECOLOGÍA POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA, UN CAMPO EN CONSTRUCCIÓN


La Ecología Política en América Latina. Un campo en construcción

L’Ecologie Politique en Amérique latine. Un champ en construction
Political Ecology in Latin America. A field in construction

Enrique Leff

Resúmenes

El autor argumenta que la ecología política no solamente explora y actúa en el campo del poder que se establece dentro del conflicto de intereses por la apropiación de la naturaleza; a su vez hace necesario repensar la política desde una nueva visión de las relaciones de la naturaleza, la cultura y la tecnología; y la sitúa en un norte de disolución del poder de una minoría privilegiada, acción cultivada por los movimientos sociales que se cobijan bajo su follaje; un árbol con ramas que enlacen diversas lenguas, una Babel donde nos comprendamos desde nuestras diferencias. Para fundamentar sus afirmaciones, recorre los componentes teórico-práctico de su campo disciplinar.

Entradas del índice

Palabras claves :écologie politique, Amérique latine, appropriation de la nature, politique
Keywords :political ecology, Latin America, appropriation of nature, politics
Palabras claves :ecología política, América Latina, apropiación de la naturaleza, política

Texto completo

Emergencia de la Ecología Política

* Este texto fue elaborado y presentado en la reunión del Grupo de Ecología Política de CLACSO, cele (...)

1La ecología política se encuentra en el momento fundacional de un campo teórico-práctico*. Es la construcción de un nuevo territorio del pensamiento crítico y de la acción política. Situar este campo en la geografía del saber no es tan sólo delimitar su espacio, fijar sus fronteras y colocar membranas permeables con disciplinas adyacentes. Más bien implica desbrozar el terreno, dislocar las rocas conceptuales y movilizar el arado discursivo que conforman su suelo original para construir las bases seminales que den identidad y soporte a este nuevo territorio; para pensarlo en su emergencia y en su trascendencia en la configuración de la complejidad ambiental de nuestro tiempo y en la construcción de un futuro sustentable.

2La ecología política en germen abre una pregunta sobre la mutación más reciente de la condición existencial del hombre. Partiendo de una crítica radical de los fundamentos ontológicos y metafísicos de la epistemología moderna, más allá de una política fundada en la diversidad biológica, en el orden ecológica y en la organización simbólica que dan su identidad a cada cultura, la ecología política viene a interrogar la condición del ser en el vacío de sentido y la falta de referentes generada por el dominio de lo virtual sobre lo real y lo simbólico, de un mundo donde parafraseando a Marshal Berman, todo lo sólido se desvanece en el aire. A la ecología política le conciernen no sólo los conflictos de distribución ecológica, sino el explorar con nueva luz las relaciones de poder que se entretejen entre los mundos de vida de las personas y el mundo globalizado.

3Pues si la mirada del mundo desde la hermenéutica y el constructivismo ha superado la visión determinista de la historia y el objetivismo de lo real, si el mundo está abierto al azar y a la incertidumbre, al caos y al descontrol, al diseño y a la simulación, tenemos que preguntarnos, ¿que grado de autonomía tiene la hiperrealidad del mundo sobre-economizado, hiper-tecnologizado y súper-objetivado sobre el ser? ¿en qué sentido se orienta el deseo, la utopía, el proyecto, en la reconfiguración del mundo guiado por intereses individuales, imaginarios sociales y proyectos colectivos? ¿Qué relaciones y estrategias de poder emergen en este nuevo mundo en el que el aleteo de las mariposas puede llegar a conmover, derribar y reconstruir las armaduras de hierro de la civilización moderna y las rígidas estructuras del poder y del conocimiento? ¿Qué significado adquiere la libertad, la identidad, la existencia, la política?

4La ecología política construye su campo de estudio y de acción en el encuentro y a contracorriente de diversas disciplinas, pensamientos, éticas, comportamientos y movimientos sociales. Allí colindan, confluyen y se confunden las ramificaciones ambientales y ecológicas de nuevas disciplinas: la economía ecológica, el derecho ambiental, la sociología política, la antropología de las relaciones cultura-naturaleza, la ética política. Podemos afirmar sin embargo que no estamos ante un nuevo paradigma de conocimiento o un nuevo paradigma social. Apenas comenzamos a indagar sobre el lugar que le corresponde a un conjunto de exploraciones que no encuentran acomodo dentro de las disciplinas académicas tradicionales. La ecología política es un campo que aún no adquiere nombre propio; por ello se le designa con préstamos metafóricos de conceptos y términos provenientes de otras disciplinas para ir nombrando los conflictos derivados de la distribución desigual y las estrategias de apropiación de los recursos ecológicos, los bienes naturales y los servicios ambientales. Las metáforas de la ecología política se hacen solidarias del límite del sentido de la globalización regida por el valor universal del mercado para catapultear al mundo hacia una reconstrucción de las relaciones de lo real y lo simbólico; de la producción y el saber.

5La ecología política emerge en el hinterlandde la economía ecológica para analizar los procesos de significación, valorización y apropiación de la naturaleza que no se resuelven ni por la vía de la valoración económica de la naturaleza ni por la asignación de normas ecológicas a la economía; estos conflictos socio-ambientales se plantean en términos de controversias derivadas de formas diversas –y muchas veces antagónicas– de significación de la naturaleza, donde los valores políticos y culturales desbordan el campo de la economía política, incluso de una economía política de los recursos naturales y servicios ambientales. De allí surge esa extraña politización de “la ecología”.

6En la ecología política han anidado así términos que derivan de campos contiguos –la economía ecológica–, como el de distribución ecológica, definido como una categoría para comprender las externalidades ambientales y los movimientos sociales que emergen de “conflictos distributivos”; es decir, para dar cuenta de la carga desigual de los costos ecológicos y sus efectos en las variedades del ambientalismo emergente, incluyendo movimientos de resistencia al neoliberalismo, de compensación por daños ecológicos y de justicia ambiental. La distribución ecológica designa “las asimetrías o desigualdades sociales, espaciales, temporales en el uso que hacen los humanos de los recursos y servicios ambientales, comercializados o no, es decir, la disminución de los recursos naturales (incluyendo la pérdida de biodiversidad) y las cargas de la contaminación” (Martínez-Alier 1997).

7La distribución ecológica comprende pues los procesos extraeconómicos (ecológicos y políticos) que vinculan a la economía ecológica con la ecología política, en analogía con el concepto de distribución en economía, que desplaza a la racionalidad económica al campo de la economía política. El conflicto distributivo introduce a la economía política del ambiente las condiciones ecológicas de supervivencia y producción sustentable, así como el conflicto social que emerge de las formas dominantes de apropiación de la naturaleza y la contaminación ambiental. Sin embargo, la distribución ecológica apunta hacia procesos de valoración que rebasan a la racionalidad económica en sus intentos de asignar precios de mercado y costos crematísticos al ambiente, movilizando a actores sociales por intereses materiales y simbólicos (de supervivencia, identidad, autonomía y calidad de vida), más allá de las demandas estrictamente económicas de propiedad de los medios de producción, de empleo, de distribución del ingreso y de desarrollo.

8La distribución ecológica se refiere a la repartición desigual de los costos y potenciales ecológicos, de esas “externalidades económicas” que son inconmensurables con los valores del mercado, pero que se asumen como nuevos costos a ser internalizados por la vía de instrumentos económicos, de normas ecológicas o de los movimientos sociales que surgen y se multiplican en respuesta al deterioro del ambiente y la reapropiación de la naturaleza.

9En este contexto se ha venido configurando un discurso reivindicativo en torno a la idea de la deuda ecológica, como un imaginario y un concepto estratégico movilizador de una conciencia de resistencia a la globalización del mercado y sus instrumentos de coerción financiera, cuestionando la legitimidad de la deuda económica de los países pobres, buena parte de ellos de América Latina. La deuda ecológica pone al descubierto la parte más grande y hasta ahora sumergida del iceberg del intercambio desigual entre países ricos y pobres, es decir, la destrucción de la base de recursos naturales de los países llamados subdesarrollados, cuyo estado de pobreza no es consustancial a una esencia cultural o a su limitación de recursos, sino que resulta de su inserción en una racionalidad económica global que ha sobre-explotado a su naturaleza, degradado a su ambiente y empobrecido a sus pueblos. Sin embargo, esta deuda ecológica resulta inconmensurable, pues no hay tasas de descuento que logren actualizarla ni instrumento que logre medirla. Se trata de un despojo histórico, del pillaje de la naturaleza y subyugación de sus culturas que se enmascara en un mal supuesto efecto de la dotación y uso eficaz y eficiente de sus factores productivos.

10Hoy, este pillaje del tercer mundo se proyecta al futuro, a través de los mecanismos de apropiación de la naturaleza por la vía de la etno-bio-prospección y los derechos de propiedad intelectual del “Norte” sobre los derechos de propiedad de las naciones y pueblos del “Sur”. La biodiversidad representa su patrimonio de recursos naturales y culturales, con los que han co-evolucionado en la historia, el hábitat en donde se arraigan los significados culturales de su existencia. Estos son intraducibles en valores económicos. Es aquí donde se establece el umbral entre lo que es negociable e intercambiable entre deuda y naturaleza, y lo que impide dirimir el conflicto de distribución ecológica en términos de compensaciones económicas.

11El campo de la ecología política se abre en un horizonte que desborda el territorio de la economía ecológica. La ecología política se localiza en los linderos del ambiente que puede ser recodificado e internalizado en el espacio paradigmático de la economía, de la valorización de los recursos naturales y los servicios ambientales. La ecología política se establece en ese espacio que es el del conflicto por la reapropiación de la naturaleza y de la cultura, allí donde la naturaleza y la cultura resisten a la homologación de valores y procesos (simbólicos, ecológicos, epistemológicos, políticos) inconmensurables y a ser absorbidos en términos de valores de mercado. Allí es donde la diversidad cultural adquiere derecho de ciudadanía como una política de la diferencia, de una diferencia radical, en cuanto que lo que está allí en juego es más y otra cosa que la distribución equitativa del acceso y los beneficios económicos derivados de la puesta en valor de la naturaleza.

Desnaturalización de la naturaleza

12En el curso de la historia, la naturaleza se fue construyendo como un orden ontológico y una categoría omnicomprensiva de todo lo real. Lo natural se convirtió en un argumento fundamental para legitimar el orden existente, tangible y objetivo. Lo natural era lo que tenía “derecho de ser”. En la modernidad, la naturaleza se convirtió en objeto de dominio de las ciencias y de la producción, al tiempo que fue externalizada del sistema económico; se desconoció así el orden complejo y la organización ecosistémica de la naturaleza, en tanto que se fue convirtiendo en objeto de conocimiento y en materia prima del proceso productivo. La naturaleza fue desnaturalizada para convertirla en recurso e insertarla en el flujo unidimensional del valor y la productividad económica. Esta naturalidad del orden de las cosas y del mundo –la naturalidad de la ontología y la epistemología de la naturaleza– fue construyendo una racionalidad contra natura, basada en leyes naturales inexpugnables, ineluctables, inconmovibles.

13No es sino hasta los años sesenta y setenta en adelante que la naturaleza se convierte en referente político, no sólo de una política de Estado para la conservación de las bases naturales de sustentabilidad del planeta, sino como objeto de disputa y apropiación social, al tiempo que emergen por fuera de la ciencia diversas corrientes interpretativas, en las que la naturaleza deja de ser un objeto a ser dominado y desmembrado para convertirse en un cuerpo a ser seducido, resignificado, reapropiado. De allí todas las diversas ecosofías, desde la ecología profunda (Naess), el ecosocialismo (O´Connor) y el ecoanarquismo (Bookchin), que nutren a la ecología política. En estas perspectivas, la ecología viene a jugar un papel preponderante en el pensamiento reordenador del mundo. La ecología se convierte en el paradigma que, basado en la comprensión de lo real y del conocimiento como un sistema de interrelaciones, orienta el pensamiento y la acción en una vía reconstructiva. De esta manera se establece el campo de una ecología generalizada (Morin) donde se configura toda una serie de teorías y metodologías que iluminan y asechan el campo de la ecología política, desde las teorías de sistemas y los métodos interdisciplinarios, hasta el pensamiento de la complejidad (Floriani 2003).

14Se propuso así un cambio de paradigma epistemológico y societario, del paradigma mecanicista al paradigma ecológico, que si bien contraponía al fraccionamiento de las ciencias la visión holística de un mundo entendido como un sistema de interrelaciones, interdependencias y retroalimentaciones, abriendo el conocimiento hacia la novedad y la emergencia, al caos y a la incertidumbre, la conciencia y la creatividad, no renunció a su pulsión totalizadora y objetivante del mundo. Se generó así un nuevo centralismo teórico, que si empezaba a enfrentar el logocentrismo de las ciencias, no ha penetrado el cerco de poder del pensamiento unidimensional asentado en la ley unitaria y globalizante del mercado. La ecología se fue haciendo política y la política se fue ecologizando, pero a fuerza de abrir la totalidad sistémica fuera de la naturaleza, hacia el orden simbólico y cultural, hacia el terreno de la ética y de la justicia (Borrero 2002).

15Las corrientes dominantes de pensamiento que alimentan la acción ecologista, van complejizando a la naturaleza, pero no logran salir de la visión naturalista que, desde la biosociología hasta los enfoques sistémicos y la ecologís generalizada, no han logrado romper el cerco de naturalización del mundo en el que la ley natural objetiva vela las estrategias de poder que han atravesado en la historia las relaciones sociedad-naturaleza.

16La ecología política es por ello el terreno de una lucha por la desnaturalización de la naturaleza: de las condiciones “naturales” de existencia, de los desastres “naturales”, de la ecologización de las relaciones sociales. No se trata tan sólo de adoptar una perspectiva constructivista de la naturaleza, sino política, donde las relaciones entre seres humanos entre ellos y con la naturaleza se construyen a través de relaciones de poder (en el saber, en la producción, en la apropiación de la naturaleza) y los procesos de “normalización” de las ideas, discursos, comportamientos y políticas.

17Más allá de los enfoques ecologistas que siguen dominando el pensamiento ambiental, nuevas corrientes constructivistas y fenomenológicas están contribuyendo a la desconstrucción del concepto de naturaleza, resaltando el hecho de que la naturaleza es siempre una naturaleza marcada, significada, geo-grafiada. Dan cuenta de ello los recientes estudios de la nueva antropología ecológica (Descola y Pálsson 2001) y de la geografía ambiental (Gonçalves 2001), que muestran que la naturaleza es producto no de una evolución biológica, sino de una coevolución de la naturaleza y las culturas que la han habitado. Son estas “naturalezas orgánicas” (Escobar), las que han entrado en competencia y conflicto con la naturaleza capitalizada y tecnologizada por una cultura globalizada que hoy en día impone su imperio hegemónico y homogeneizante bajo el dominio de la tecnología y el signo unitario del mercado.

18La ecología política se establece en el encuentro, confrontación e hibridación de estas racionalidades desemejantes y heterogéneas de relación y apropiación de la naturaleza. Más allá de pensar estas racionalidades como opuestos dialécticos, la ecología política es el campo en el cual se están construyendo –en una historia ambiental cuyos orígenes se remontan a una historia de resistencias anticolonialistas y antiimperialistas– nuevas identidades culturales en torno a la defensa de las naturalezas culturalmente significadas y a estrategias novedosas de “aprovechamiento sustentable de los recursos”, de los cuales basta citar la invención de la identidad del seringueiro y de sus reservas extractivistas en la amazonía brasileña, y más recientemente el proceso de las comunidades negras del Pacífico de Colombia. Estas identidades se han configurado a través luchas de resistencia, afirmación y reconstrucción del ser cultural frente a las estrategias de apropiación y transformación de la naturaleza que promueve e impone la globalización económica. Porto Gonçalves ha caracterizado a estos procesos culturales como movimientos de re-existencia.

Política cultural/política de la diferencia

19La diferencia es siempre una diferencia radical; está fundada en una raíz cuyo proceso y destino es diversificarse, ramificarse, redificarse. El pensamiento de la diferencia es el proyecto de desconstrucción del pensamiento unitario, aquel que busca acomodar la diversidad a la universalidad y someter lo heterogéneo a la medida de un equivalente universal, cerrar el círculo de las ciencias en una unidad del conocimiento, reducir las variedades ontológicas a sus homologías estructurales y encasillar las ideas dentro de un pensamiento único. La ecología política enraíza el trabajo teórico de desconstrucción del logos en el campo político, donde no basta reconocer la existencia de la diversidad cultural, de los saberes tradicionales, de los derechos indígenas, para luego intentar resolver el conflicto que emana de sus diferentes formas de valorización de la naturaleza por la vía del mercado y sus compensaciones de costos.

20Hablamos de ecología política, pero habremos de comprender que la ecología no es política en sí. Las relaciones entre seres vivos y naturaleza, las cadenas tróficas, las territorialidades de las especies, incluso las relaciones de depredación y dominación, no son políticas en ningún sentido. Si la política es llevada al territorio de la ecología es como respuesta al hecho de que la organización ecosistémica de la naturaleza ha sido negada y externalizada del campo de la economía y de las ciencias sociales. Las relaciones de poder emergen y se configuran en el orden simbólico y del deseo del ser humano, en su diferencia radical con los otros seres vivos que son objeto de la ecología.

21Desde esta perspectiva, al referirse a las “ecologías de la diferencia”, Escobar pone el acento en la noción de “distribución cultural”, como los conflictos que emergen de diferentes significados culturales, pues “el poder habita a los significados y los significados son la fuente del poder” (Escobar 2000:9). Pero si bien el poder se moviliza por medio de estrategias discursivas, la “distribución cultural” no surge del hecho de que los significados sean directamente fuentes de poder, sino de las estrategias discursivas que generan los movimientos por la reivindicación de sus valores culturales, es decir, en los procesos de legitimación de los significados culturales como derechos humanos. Pues es por la vía de los derechos (humanos) que los valores culturales entran en el juego y el campo del poder establecido por los “derechos del mercado”.

22Pero en realidad la noción de distribución cultural puede llegar a ser tan falaz como la de distribución ecológica cuando se le somete a un proceso de homologación y homogeneización. La inconmensurabilidad no sólo se da en la diferencia entre economía, ecología y cultura, sino dentro del propio orden cultural, donde no existen equivalencias entre significaciones diferenciadas. La distribución siempre apela a una materia homogénea: el ingreso, la riqueza, la naturaleza, la cultura, el poder. Pero el ser que funda los derechos es esencialmente heterogéneo, en el sentido de que implica pasar del concepto genérico del ser y del ser ahíheideggeriano, aún herederos de una ontología existencialista esencialista y universal, a pensar la política de la diferencia como derechos del ser cultural, específico y localizado.

23La ecología política en América Latina está operando así un proceso similar al que Marx realizó con el idealismo hegeliano, al “poner sobre sus pies” a la filosofía de la posmodernidad (Heidegger, Derrida), al volver al Ser y a la diferencia en la sustancia de una ecología política. La esencial diversidad del orden simbólico y cultural se convierte en la materia de la política de la diferencia.

24Pero la diferencia de valores y visiones culturales no se convierte por derecho propio en fuerza política. La legitimación de esa diferencia que le da valor y poder, proviene de una suerte de efectos de saturación de la homogeneización forzada de la vida inducida por el pensamiento metafísico y la racionalidad modernizante. Es de la resistencia del ser al dominio de la homogeneidad hegemónica, de la cosificación objetivante, de la igualdad inequitativa, que surge la diferencia por el encuentro con la otredad, en la confrontación de la racionalidad dominante con lo que le es externo y con aquello que excluye, rompiendo con la identidad de la igualdad y la unidad de lo universal. De esa tensión se establece el campo de poder de la ecología política, de la demarcación del pensamiento único y la razón unidimensional, para valorar la diferencia del ser y convertirlo en un campo de fuerzas políticas.

25Hoy es posible afirmar que “las luchas por la diferencia cultural, las identidades étnicas y las autonomías locales sobre el territorio y los recursos están contribuyendo a definir la agenda de los conflictos ambientales más allá del campo económico y ecológico”, reivindicando las “formas étnicas de alteridad comprometidas con la justicia social y la igualdad en la diferencia” (Escobar 2000:6, 13). Esta reivindicación no reclama una esencia étnica ni derechos fincados en el principio jurídico y metafísico del individuo, sino en el derecho del ser, que incluye tanto los valores intrínsecos de la naturaleza como los derechos humanos diferenciados culturalmente, incluyendo el derecho a disentir de los sentidos preestablecidos y legitimados por poderes hegemónicos.

26La política de la diferencia no sólo implica diferenciar criterios, opiniones y posiciones. También hay que entenderla en el sentido que asigna Derrida (1989) a la diferencia, que no sólo establece la diferencia en el aquí y el ahora, sino que la abre al tiempo, al devenir, al advenimiento de lo impensado y lo inexistente. En este sentido, frente al cierre de la historia en torno al cerco del pensamiento único y del mercado globalizado, la política de la diferencia abre la historia hacia la utopía de la construcción de sociedades sustentables diferenciadas. El derecho a diferir en el tiempo abre el sentido del ser que construye en el tiempo aquello que es potencialmente posible desde lo real y del deseo, “lo que aún no es” (Levinas 1977).

27La ecología política reconoce en el ambientalismo luchas de poder por la distribución de bienes materiales (valores de uso), pero sobre todo de valores-significaciones asignadas a los bienes, necesidades, ideales, deseos y formas de existencia que definen los procesos de adaptación / transformación de los grupos culturales a la naturaleza. No se trata pues de un problema de inconmensurabilidad de bienes-objeto, sino de identidades-valoraciones diferenciadas por formas culturales de significación, tanto de la naturaleza como de la existencia misma. Esto está llevando a imaginar y construir estrategias de poder capaces de vincular y fortalecer un frente común de luchas políticas diferenciadas en la vía de la construcción de un mundo diverso guiado por una racionalidad ambiental (hibridación de diversas racionalidades) y una política de la diferencia. De ese otro mundo posible por el que claman las voces del Foro Social Mundial; de otro mundo donde quepan muchos mundos (Sub-comandante Marcos).

28Las reivindicaciones por la igualdad en el contexto de los derechos humanos genéricos del hombre, y sus aplicaciones jurídicas a través de los derechos individuales, son incapaces de asumir este principio político de la diferencia que reclama un lugar propio dentro de una cultura de la diversidad, pues como afirma Escobar,

Ya no es el caso de que uno pueda contestar la desposesión y argumentar a favor de la igualdad desde la perspectiva de la inclusión dentro de la cultura y la economía dominantes. De hecho, lo opuesto está sucediendo: la posición de la diferencia y la autonomía está llegando a ser tan válida, o más, en esta contestación. El apelar a las sensibilidades morales de los poderosos ha dejado de ser efectiva […] Es el momento de ensayar […] las estrategias de poder de las culturas conectadas en redes y glocalidades, de manera que puedan negociarse concepciones contrastantes de lo bueno y el valor de diferentes formas de vida y para reafirmar el predicamento pendiente de la diferencia-en-la-igualdad. (Escobar 2000:21).

Conciencia de clase, conciencia ecológica, conciencia de especie

29La política de la diferencia se sitúa en otro plano que el de una ecología política subsumida en el pensamiento ecológico. Pues la significancia de la naturaleza que mueve a los actores sociales en el campo de la ecología política no podría proceder ni fundarse en una conciencia genérica de la especie humana. La “conciencia ecológica” que emana de la narrativa ecologista como una noosfera que emerge desde la organización biológica del cuerpo social humano –esa formación discursiva desde la cual la gente habla del amor a la naturaleza, se conmueve por el cuidado del ambiente y promueve el desarrollo sostenible– no es consistente con bases teóricas ni con visiones y proyectos compartidos por la humanidad en su conjunto. Por ello los “tomadores de decisiones” pueden anteponer la conciencia económica a la de la supervivencia humana y del planeta, y negar las evidencias científicas sobre el cambio climático; por ello los principios del desarrollo sostenible (las responsabilidades comunes pero diferenciadas, el consentimiento previo e informado, el pensar globalmente y actuar localmente, o el principio de quien contamina paga) se han convertido en slogans con un limitado efecto en la construcción de una nueva racionalidad ambiental. El movimiento ambientalista es un campo disperso de grupos sociales que antes de solidarizarse por un objetivo común, muchas veces se confrontan, se diferencian y se dispersan tanto por el fraccionamiento de sus reivindicaciones como por la comprensión y uso de conceptos que definen sus estrategias políticas.

30Para que hubiera una conciencia de especie sería necesario que la humanidad en su conjunto compartiera la vivencia de una catástrofe común o de un destino compartido por todo el género humano en términos equivalentes, como aquella que llevó el silogismo aristotélico sobre la mortalidad del hombre a una conciencia de sí de la humanidad cuando la generalización de la peste convirtió el simbolismo del silogismo en experiencia vivida, transformando la máxima del enunciado en producción de sentido de un imaginario colectivo (o la que fundó la cultura humana en la prohibición del incesto y de la cual el simbolismo del complejo de Edipo vino solamente a convertir en sentido trágico y manifestación literaria una “ley cultural” vivida, que no fue instaurada ni por Sófocles ni por Freud). Pues como ha afirmado Lacan (1974-5), del enunciado de Aristóteles “todos los hombres son mortales” no se desprende el sentido que sólo anidó en la conciencia una vez que la peste se propagó por Tebas, convirtiéndola en algo “imaginable” y no sólo una pura forma simbólica, una vez que toda la sociedad se sintió concernida por la amenaza de una muerte real.

31En la sociedad del riesgo y la inseguridad en que vivimos podemos afirmar que el imaginario del terror está más concentrado en la realidad de la guerra y la violencia generalizada que en el peligro inminente de un colapso ecológico. Pareciera que el holocausto y los genocidios a lo largo de la historia humana no hubieran sido capaces de anteponer una ética de la vida a los intereses del poder; menos aún una conciencia que responda efectivamente al riesgo ecológico o con un imaginario colectivo que reconduzca sus acciones hacia la construcción de sociedades sustentables. La crisis ambiental que se cierne sobre el mundo aún se percibe como una premonición catastrofista de una naturaleza que se presume cada vez más controlada, más que como un riesgo ecológico real para toda la humanidad. La amenaza que se ha establecido en el imaginario colectivo y que mantiene pasmado al mundo actual es la del terrorismo que se manifiesta en un miedo generalizado a la guerra desenfrenada, al holocausto humano, al derrumbe de reglas básicas de convivencia y de una ética de y para la vida, más que como la conciencia de la revancha de una naturaleza sometida y sobreexplotada.

32Ciertamente prácticamente todo el mundo tiene hoy conciencia de problemas ecológicos que afectan su calidad de vida; pero estos se encuentran fragmentados y segmentados según su especificidad local. Estos generan una variedad de ambientalismos (Guha y Martínez Alier 1997), pero no todas las formas y grados de conciencia generan movimientos sociales. Más bien prevalece lo contrario, y los problemas más generales, como el calentamiento global, son percibidos desde visiones y concepciones muy diferentes, desde quienes ven allí la fatalidad de catástrofes naturales hasta quienes lo entienden como la manifestación de la ley límite de la entropía y el efecto de la racionalidad económica. El ambientalismo es pues un kaleidoscopio de teorías, ideologías, estrategias y acciones no unificadas por una conciencia de especie, salvo por el hecho de que el discurso ecológico ha empezado a penetrar todas las lenguas y todos los lenguajes, todos los idearios y todos los imaginarios.

33La ley límite de la entropía que sustentaría desde la ciencia tales previsiones y los desastres “naturales” que se han desencadenado y proliferado en los últimos años parecen aún disolver su evidencia en los cálculos de probabilidades, en la incertidumbre vaga de los acontecimientos, en el corto horizonte de las evaluaciones y la multiplicidad de criterios en los que se elaboran sus indicadores. Lo que prevalece es una dispersión de visiones y previsiones sobre la existencia humana y su relación con la naturaleza, en la que se borran las fronteras de las conciencias de clase, pero no por ello las diferencias de conciencias alimentadas por intereses y valores diferenciados, en los que el principio de diversidad cultural está abriendo un nuevo mosaico de posicionamientos que impide la visión unitaria para salvar al planeta, a la biodiversidad y a la especie humana. Cada visión se está convirtiendo en nuevos derechos que están resquebrajando el marco jurídico prevaleciente, construido en torno al principio de la individualidad y del derecho privado, de la misma forma que esos pilares de la racionalidad económica se colapsan frente a lo real de la naturaleza y los sentidos de la cultura.

34Esta recomposición del mundo por la vía de la diferenciación del ser y del sentido rompe el esquema imaginario de la interdisciplinariedad, e incluso de un “diálogo de saberes” entendido como la concertación de intereses diferenciados a través de una racionalidad comunicativa (Habermas). La conciencia de la crisis ambiental se funda en la relación del ser con el límite, en el enfrentamiento del todo objetivado del ente con la nada que alimenta el advenimiento del ser, en la interconexión de lo real, lo imaginario y lo simbólico que oblitera al sujeto, que abre el agujero de donde emerge la existencia humana, el ser y su relación con el saber. El sujeto de la ecología política no es el hombre construido por la antropología ni el ser-ahí genérico de la fenomenología, sino el ser propio que ocupa un lugar en el mundo, que construye su mundo de vida como “producción de existencia” (Lacan 1974/75): la nada, la falta en ser y la pulsión de vida que van impulsando y anudando el posible saber en la producción de la existencia, forjando esa relación del ser y el saber, del ser con lo sido y lo que aún no es, de una utopía que está más allá de toda trascendencia prescrita en una evolución ecológica, sea esta orgánica o de una dialéctica ecologizada de la naturaleza (Bookchin 1990).

35La conciencia ecológica se inscribe así en una política de la diferencia referida a los derechos del ser y a la invención de nuevas identidades atravesadas y constituidas en y por relaciones de poder.

Ecología política / epistemología política

36La ecología política es la política de la reapropiación de la naturaleza. Pero como toda política, no es meramente una estrategia práctica; su práctica no sólo está mediada por procesos discursivos y por aplicaciones del conocimiento, sino que es esencialmente una lucha que se da en la producción y apropiación de los conceptos. No sólo porque el ambientalismo crítico combate las ideologías que fundan la racionalidad de la modernidad insustentable (Leis 2001), sino porque la eficacia de una estrategia de reconstrucción social implica la desconstrucción de los conceptos teóricos e ideológicos que han soportado y legitimado las acciones y procesos generadores de los conflictos ambientales. La orientación de las acciones hacia la construcción de sociedades sustentables se da en un campo de luchas teóricas y de politización de conceptos. Así, los conceptos de biodiversidad, territorio, autonomía, autogestión, están reconfigurando sus significados en el campo conflictivo de las estrategias de reapropiación de la naturaleza.

37La política de la diferencia se abre a una proliferación de sentidos existenciales y civilizatorios que son la materia de una epistemología política que desborda al proyecto interdisciplinario en su voluntad de integración y complementariedad de conocimientos (las teorías de sistemas), reconociendo las estrategias de poder que se juegan en el campo del saber y reconduciendo el conflicto ambiental hacia un encuentro y diálogo de saberes. Ello implica una radical revisión del conocimiento, de la relación entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, donde la solución no se orienta a copiar a la naturaleza, a subsumirse profundamente en la ecología, ó a generalizar la ecología como modelo de pensamiento y comportamiento, sino a situarse políticamente en lo imaginario de las representaciones de la naturaleza para desentrañar sus estrategias de poder (del discurso del desarrollo sostenible). Se trata no sólo de una hermenéutica de los diferentes sentidos asignados a la naturaleza, sino de saber que toda naturaleza es captada desde un lenguaje, desde relaciones simbólicas que entrañan visiones, sentimientos, razones, sentidos e intereses que se debaten en la arena política. Porque el poder que habita al cuerpo humano está hecho de lenguaje.

38Es dentro de esta epistemología política que los conceptos de territorio-región funcionan como lugares-soporte para la reconstrucción de identidades enraizadas en prácticas culturales y racionalidades productivas sustentables, como hoy lo construyen las comunidades negras del Pacífico colombiano. En este escenario,

El territorio es visto como un espacio multidimensional fundamental para la creación y recreación de las prácticas ecológicas, económicas y culturales de las comunidades [...] Puede decirse que en esta articulación entre identidad cultural y apropiación de un territorio subyace la ecología política del movimiento social de comunidades negras. La demarcación de territorios colectivos ha llevado a los activistas a desarrollar una concepción del territorio que enfatiza articulaciones entre los patrones de asentamiento, los usos del espacio y las prácticas de usos-significados de los recursos. (Escobar 1999:260)

39Una ecología política bien situada se sustenta en una teoría correcta de las relaciones sociedad-naturaleza, o en la desconstrucción de la noción ideológico-científica-discursiva de la naturaleza, capaz de articular la sustancia ontológica de lo real del orden biofísico, con el orden simbólico que la significa, que la convierte en referente de una cosmovisión, de una teoría, de un discurso sobre el desarrollo sustentable. La ecología política remite directamente al debate sobre monismo/dualismo en el que hoy se desgarra la teoría de la reconstrucción / reintegración de lo natural y lo social, de la ecología y la cultura, de lo material y lo simbólico. Es allí donde se ha desbarrancado el pensamiento ambiental, bloqueado por efecto del maniqueísmo teórico y la dicotomía extrema entre el naturalismo de las ciencias físico-biológico-matemáticas y el antropomorfismo de las ciencias de la cultura; unas llevadas al polo positivo del positivismo lógico y empirista; el otro al relativismo del constructivismo y de la hermenéutica. En el naufragio del pensamiento ante su polarización extrema, pensadores y científicos se han agarrado de la tabla de salvación que les ha ofrecido la ecología como ciencia por excelencia e las interrelaciones de los seres vivos con sus entorno, llevando a una ecología generalizada que no logra desprenderse e esa voluntad de totalización del mundo, ahora guiada por el objetivo de construir un pensamiento de la complejidad (Morin 1993). Surgen de allí todos los intentos por reconciliar a esos entes no dialogantes (mente-cuerpo; naturaleza-cultura; razón-sentimiento), más allá de una dialéctica de contrarios, unificados por un creacionismo evolucionista, de donde habría de emerger la conciencia ecológica para reconciliar y saldar las deudas de una racionalidad anti-ecológica. Este pensamiento complejo en búsqueda de un paradigma monista fundado en la ecología no ofrece bases sólidas a una ecología política capaz de guiar las acciones hacia una sustentabilidad fundada en una política de la diferencia.

40La otra falla del pensamiento epistemológico reciente ha sido querer reunificar la naturaleza y la cultura sobre la base de una perspectiva fenomenológica a partir de la constatación de que las cosmovisiones de las sociedades “tradicionales” no reconocen una distinción entre lo humano, lo natural y lo sobrenatural. Empero estas “matrices de racionalidad” no constituyen “epistemologías” conmensurables, equiparables con la epistemología de nuestra civilización “occidental”. De manera que si bien podemos inspirarnos en las gnoseologías de las sociedades tradicionales para una política de la diferencia basada en el derecho de sus saberes, el campo general de la epistemología que anima y legitima la política de la globalización económico-ecológica debe desconstruirse desde el cuerpo mismo de sus fundamentos.

41La posmodernidad está marcada por el fin de los universalismos y los esencialismos; por la emergencia de entes híbridos hechos de organismo, símbolos y tecnología (Haraway); por la imbricación de lo tradicional y lo moderno. Pero es necesario diferenciar este reenlazamiento de lo natural, lo cultural y lo tecnológico del mundo actual de la complejidad, del mundo de vida de los primitivos que desconocen la separación entre cuerpo y alma, vida y muerte, naturaleza y cultura. Esta continuidad y fluidez del mundo primitivo se da en un registro diferente a la relación entre lo real, lo simbólico y lo imaginario en la cultura moderna.

42El problema a resolver por la ecología política no es sólo el dejar atrás el esencialismo de la ontología occidental, sino el principio de universalidad de la ciencia moderna. Pues la ciencia ha generado, junto con sus universales a priori, al hombre genérico que se convirtió en el principio de discriminación de los hombres diferentes. De esta manera, los derechos humanos norman y unifican al tiempo que segregan y discriminan. Por ello, la ecología política debe salir a la desconstrucción de todos los conceptos universales y genéricos: el hombre, la naturaleza, la cultura, etc., pero no para pluralizarlos como “hombres”, “naturalezas” y “culturas” (con sus propias “ontologías” y “epistemologías”), sino para construir los conceptos de su diferencia. Así pues, el ecofeminismo no debe tan sólo diagnosticar los lugares asignados a la mujer en la economía, la política, la familia. Su diferencia sustantiva no radica en el lugar (diferente, subyugado) que le asigna la cultura jerárquica falocéntrica, sino en decir su diferencia con un lenguaje propio, que no es sólo el agregado de sensibilidad a la supuesta racionalidad inconmovible del machismo. La ecología política habrá de edificarse y convivir en una babel de lenguajes diferenciados, que se comunican e interpretan pero que no se traducen en un lenguaje común unificado.

43Esta epistemología política trasciende el juego de interrelaciones e interdependencias del pensamiento complejo fundado en una ecología generalizada (Morin) y en un naturalismo dialéctico (Bookchin), ya que está situada más allá de todo naturalismo. Esta emerge desde ese orden que inaugura la palabra, el orden simbólico y la producción de sentido. En esta perspectiva, la ecología política no emerge del orden ecológico preestablecido, ni de una ciencia que haría valer una conciencia-verdad capaz de vencer los intereses antiecológicos y antidemocráticos, sino en un nuevo espacio donde el destino de la naturaleza se juega en un proceso de creación de sentidos-verdades y en sus respectivas estrategias de poder. Ese reanudamiento entre lo real, lo simbólico y lo imaginario es lo que pone en juego las leyes de la naturaleza (entropía como ley límite de lo real) con lo simbólico de su teoría y con la discursividad del desarrollo sostenible. Esta cuestión epistemológica no se dirime en el campo del conocimiento, sino en el de la política que hace intervenir otros símbolos, otros imaginarios y otros reales, en el sentido de que la naturaleza (la biodiversidad) no son entidades objetivas desde el momento en que la naturaleza se construye desde el efecto de poder de los procesos imaginarios y simbólicos que la transforman en geopolítica del desarrollo sostenible.

Ética y emancipación

44La ecología política busca su identidad teórica y política en un mundo en mutación, en el que las concepciones y conceptos que hasta ahora orientaron la inteligibilidad del mundo y la acción práctica, parecen desvanecerse del campo del lenguaje significativo. Sin embargo, el pensamiento dominante se resiste a abandonar el diccionario de las prácticas discursivas que envuelven a la ecología política (como a todos los viejos y nuevos discursos que acompañan la desconstrucción del mundo) a pesar de que han perdido todo peso explicativo y resuenan como la nostalgia de un mundo para siempre pasado, para siempre perdido: el del pensamiento dialéctico, el de la universalidad y unidad de las ciencias, el de la esencia de las cosas y la trascendencia de los hechos. Y sin embargo algo nuevo puja por salir y manifestarse en este mundo de incertidumbres, de caos y confusión, de sombras y penumbras, donde a través de los resquicios y resquebrajamientos de la racionalidad monolítica del pensamiento totalitario, se asoman las primeras luces de la complejidad ambiental. Llamemos a ese algo inconformidad, lucidez mínima, necesidad de comprensión y de emancipación. Mientras los juegos de lenguaje son infinitos para seguir imaginando este mundo de ficción y virtualidad, también lo son para avizorar futuros posibles, para construir utopías, para reconducir la vida. Y el pensamiento que ya nunca será único ni servirá como instrumento de poder, busca comprender, enlazar su poder simbólico y sus imaginarios para reconducir lo real. Y si este proceso no deberá sucumbir al poder perverso y anónimo de la hiperrealidad y la simulación guiadas por el poder o por la aleatoriedad de las cosas, un principio básico seguirá sosteniendo la existencia en la razón, y es la de la consistencia del pensamiento, consistencia que nunca será total en un mundo que nunca será totalmente conocido y controlado por el pensamiento. Que nunca más será regido por razones de fuerza mayor.

45La crisis ambiental marca el límite del logocentrismo y la voluntad de unidad y universalidad de la ciencia, del pensamiento único y unidimensional, de la racionalidad entre fines y medios, de la productividad económica y la eficiencia tecnológica, del equivalente universal como medida de todas las cosas, que bajo el signo monetario y la lógica del mercado han recodificado al mundo y los mundos de vida en términos de valores de mercado intercambiables y transables. De allí que la emancipación se plantee no sólo como un antiesencialismo, sino como de-sujeción de la sobre-economización del mundo. Lo anterior implica resignificar los principios liberadores de la libertad, la igualdad y la fraternidad como principios de una moral política que terminó siendo cooptada por el liberalismo económico y político –por la ecualización y privatización de los derechos individuales, de fraternidades disueltas por el interés y la razón de fuerza mayor–, para renombrarlos en la perspectiva de la desujeción y la emancipación, de la equidad en la diversidad, de la solidaridad entre seres humanos con culturas, visiones e intereses colectivos, pero diferenciados.

46La ecología política es una política de la diferencia, de la diversificación de sentidos; más allá de una política para la conservación de la biodiversidad que sería recodificada y revalorizada como un universal ético o por el equivalente universal del mercado, es una transmutación de la lógica unitaria hacia la diversificación de proyectos de sustentabilidad y ecodesarrollo. Esta política es una revolución que abre los sentidos civilizatorios, no por ser una revolución de la naturaleza ni del conocimiento científico-tecnológico (biotecnológica), sino por ser una revolución del orden simbólico, lo que implica poner el espíritu desconstruccionista del pensamiento posmoderno al servicio de una política de la diferencia, proponer la “imaginación abolicionista” como principio de libertad y de sustentabilidad:

La agenda abolicionista propone comunidades autogestionarias establecidas de acuerdo al ideal de organización espontánea: los vínculos personales, las relaciones de trabajo creativo, los grupos de afinidad, los cabildos comunales y vecinales; fundadas en el respeto y la soberanía de la persona humana, la responsabilidad ambiental y el ejercicio de la democracia directa “cara a cara” para la toma de decisiones en asuntos de interés colectivo. Esta agenda apuntaba a cambiar nuestro rumbo hacia una civilización de la diversidad, una ética de la frugalidad y una cultura de baja entropía, reinventando valores, desatando los nudos del espíritu, sorteando la homogeneidad cultural con la fuerza de un planeta de pueblos, aldeas y ciudades diversos. (Borrero 2002:136)

47El discurso de la ecología política no es el discurso lineal que hace referencia a los “hechos”, sino aquél de la poesía y la textura conceptual que al tiempo que enlaza la materia, los símbolos y los actos que constituyen su territorio y su autonomía de su campo teórico-político, también llevan en ciernes la desconstrucción de los discursos de los paradigmas y las políticas establecidas, para abrirse hacia el proceso de construcción de una nueva racionalidad a partir de los potenciales de la naturaleza y los sentidos de la cultura, de la actualización de identidades y la posibilidad de lo que “aún no es”.

48La ecología política no solamente explora y actúa en el campo del poder que se establece dentro del conflicto de intereses por la apropiación de la naturaleza; a su vez hace necesario repensar la política desde una nueva visión de las relaciones de la naturaleza, la cultura y la tecnología. Más que actuar en el espacio de una complejidad ambiental emergente, se inscribe en la búsqueda de un nuevo proyecto libertario para abolir toda relación jerárquica y toda forma de dominación. Más allá de estudiar los conflictos ambientales, está constituida por un conjunto de movimientos sociales y prácticas políticas que se manifiestan dentro de un proceso de emancipación. La ecología política se funda en un nuevo pensamiento y en una nueva ética: una ética política para renovar el sentido de la vida (Leff 2002, PNUMA 2002).

49Así, dentro de la imaginación abolicionista y el pensamiento libertario que inspira a la ecología política, la disolución del poder de una minoría privilegiada para sojuzgar a las mayorías excluidas es tarea prioritaria para la ecología política. La ecología política de América Latina deberá ser un árbol cultivado por nuestras vidas y las de tantos movimientos sociales que se cobijan bajo su follaje; un árbol con ramas que enlacen diversas lenguas, una Babel donde nos comprendamos desde nuestras diferencias, donde cada vez que alcemos el brazo para alcanzar sus frutos degustemos el sabor de cada terruño de nuestra geografía, de cada cosecha de nuestra historia y cada producto de nuestra invención. De ser así, tal vez no tardemos mucho en darle nombre propio a su savia, como esos seringueiros que se inventaron como seres en este mundo bajo el nombre de ese árbol del que con su ingenio extrajeron el alimento de sus cuerpos y vida de su cultura.

Bibliografía

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Vattimo (1998), Las Aventuras de la Diferencia, Península, 3ª Edición, Barcelona.Inicio de página

Notas

* Este texto fue elaborado y presentado en la reunión del Grupo de Ecología Política de CLACSO, celebrada en la ciudad de Panamá los días 17-19 de marzo de 2003.Inicio de página

Para citar este artículo

Referencia electrónica
Enrique Leff, « La Ecología Política en América Latina. Un campo en construcción », Polis [En línea], 5 | 2003, Publicado el 11 octubre 2012, consultado el 24 mayo 2017. URL : http://polis.revues.org/6871Inicio de página

Autor
Enrique Leff

Coordinador Regional de la Red de Formación Ambiental del PNUMA
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LA CUNA DE LA HUMANIDAD ESTÁ EN EUROPA Y NO EN ÁFRICA, NUEVOS HALLAZGOS

La cuna de la humanidad está en Europa y no en África


Se originó por causas ambientales derivadas del desierto del Sáhara hace 7,2 millones de años

La cuna de la humanidad está en Europa y se originó cientos de miles de años antes de lo que se creía hasta ahora, ha descubierto un estudio que desmiente que el linaje humano se desarrollara en África. La datación de fósiles encontrados en Grecia (1944) y Bulgaria (2012) sitúa la separación entre humanos y chimpancés en la región del Mediterráneo, y que se originó por cambios ambientales derivados del desierto del Sáhara, que tendría una antigüedad de 7,2 millones de años.

El Graeco vivió hace 7,2 millones de años en la sabana de la cuenca de Atenas. Esta visión es del lugar de descubrimiento de El Graeco, Pyrgos Vasilissis (pintura de la artista con sede en Chicago Veliza Simeonovski). Universidad de Toronto.

El linaje común de grandes simios y humanos se dividió varios cientos de miles de años antes de lo que se suponía hasta ahora y se produjo en el Mediterráneo oriental, según una nueva investigación que se publica en PLOS ONE. 

Este descubrimiento pone en duda una de las afirmaciones más dogmáticas en la paleoantropología desde Charles Darwin, que es que el linaje humano se originó en África, señalan los investigadores en un comunicado de la Universidad de Toronto. La investigación no pone en duda que el Homo Sapiens se desarrolló en África hace 200.000 unos años, sino el origen de su linaje. 

Los chimpancés actuales son los parientes vivos más cercanos de los seres humanos. Dónde vivió el último ancestro común entre ambos es un tema central y altamente debatido en paleoantropología. Los investigadores habían asumido hasta ahora que los linajes divergieron hace entre cinco y siete millones de años y que los primeros prehumanos se desarrollaron en África. Pero el nuevo descubrimiento cuestiona esta teoría. 

Los investigadores, Madelaine Böhme, del Centro Senckenberg para la Evolución Humana y el Paleoambiente de la Universidad de Tubinga (Alemania), y el profesor Nikolai Spassov, de la Academia Búlgara de Ciencias, analizaron dos especímenes fósiles conocidos de Graecopithecus freybergi utilizando métodos de última generación. 

Prehumanos 

Radiografiaron una mandíbula inferior encontrada en Grecia en 1944 y en un premolar superior encontrado en Bulgaria en 2012 y llegaron a la conclusión de que pertenecían a pre-humanos. Además, Graecopithecus es varios cientos de miles de años más viejo que el más antiguo potencial prehumano de África, el Sahelanthropus, encontrado en Chad, que tiene de seis a siete millones de años de antigüedad. 

"Mientras que los grandes simios tienen dos o tres raíces separadas y divergentes, las raíces de Graecopithecus convergen y se funden parcialmente, una característica propia de los seres humanos modernos, de los tempranos y de varios prehumanos, incluidos Ardipithecus y Australopithecus", explica Böhme. 

El equipo de investigación dató la secuencia sedimentaria de los yacimientos fósiles de Graecopithecus en Grecia y Bulgaria con métodos físicos y obtuvo una edad casi sincrónica para ambos fósiles: 7,24 y 7,175 millones de años. "Es en el comienzo del Mesiniano, una edad que termina con la desecación completa del mar Mediterráneo", dice Böhme. 

David Begun, paleoantropólogo de la Universidad de Toronto (Canadá) y coautor de este estudio apunta: "Esta datación nos permite trasladar la división entre humanos y chimpancés al área mediterránea". 

Cambios ambientales 

Al igual que ocurría con la teoría de África oriental, la evolución de los prehumanos puede haber estado impulsada por dramáticos cambios ambientales. 

El equipo dirigido por Böhme demostró que el desierto del Sahara del Norte de África se originó hace más de siete millones de años. Concluyeron esto basándose en análisis geológicos de los sedimentos en los que se encontraron los dos fósiles de Graecopithecus. 

Estos datos documentan por primera vez que tormentas del desierto del Sahara transportaron polvo rojo salado a la costa norte del mar Mediterráneo hace más de siete millones de años, aseguran los investigadores. Este proceso también es observable en la actualidad. Sin embargo, el modelo de los científicos muestra que, con hasta 250 gramos por metro cuadrado y año, la cantidad de polvo en el pasado supera considerablemente las cargas de polvo recientes en el sur de Europa, si se compara con la situación actual en la zona del Sahel en África. 

Sequías e incendios 

Los investigadores demostraron además que, contemporáneo al desarrollo del Sáhara en el norte de África, se formó un bioma de sabana en Europa. Con una combinación de nuevas metodologías estudiaron fragmentos microscópicos de carbón vegetal y partículas de silicato de planta, llamadas fitolitos. 

Muchos de estos fitolitos identificados derivan de las gramíneas y particularmente de aquellas que usan la vía metabólica de la fotosíntesis C4, que es común en los pastizales y sabanas tropicales actuales. La expansión global de las gramíneas C4 comenzó hace ocho millones de años en el subcontinente indio y su presencia en Europa era previamente desconocida. 

"El registro de fitolitos proporciona evidencia de sequías severas, y el análisis de carbón vegetal indica incendios recurrentes", expone Böhme. "En resumen, reconstruimos una sabana que encaja con las jirafas, gacelas, antílopes y rinocerontes que se encontraron junto a Graecopithecus", agrega Spassov. 

"La incipiente formación de un desierto en el África septentrional hace más de siete millones de años y la expansión de las sabanas en el sur de Europa pueden haber desempeñado un papel central en la división de los linajes humanos y chimpancés", continúa Böhme, quien llama a esta hipótesis la 'historia del lado norte', recordando la tesis del paleontrólogo francés Yves Coppens, conocida como East Side Story, según la cual el cambio climático en África oriental podría haber desempeñado un papel crucial en este episodio.
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Referencias 



http://www.tendencias21.net/La-cuna-de-la-humanidad-esta-en-Europa-y-no-en-Africa_a43966.html

ECOLOGÍA POLÍTICA, UN COMPROMISO EN DEFENSA DE TERRITORIOS, CULTURAS Y EQUILIBRIOS REGIONALES

La ecología política conquista Latinoamérica

Víctor M. Toledo


En estos tiempos de emergencia planetaria y de máxima explotación social, el trabajo intelectual para tener sentido debe cumplir dos requisitos. Uno es epistemológico, el otro es político. El primero se refiere a dejar de estudiar la realidad de manera fraccionada, obedeciendo a las parcelas de conocimiento que dominan en la investigación especializada y monodisciplinaria. Hoy se debe abordar la compleja realidad del mundo desde ópticas integradoras u holísticas y eso supone la confluencia y colaboración de los científicos sociales con los naturales, el rompimiento de las capillas de las disciplinas y el quiebre de los sectarismos profesionales. El trabajo colectivo y articulado de los investigadores es necesario para que fluya la verdadera orquestación de los saberes. El segundo es político, y por ende cultural y ético. O los investigadores e intelectuales trabajan para mantener y apuntalar el orden actual, que nos lleva a todos hacia un colapso (tecnociencia al servicio del capital corporativo), o realizan una ciencia con conciencia social y ecológica, una ciencia ciudadana. Una ciencia para la liberación y emancipación. La ecología política opera como nueva área del conocimiento que cubre ambas demandas. Por ello se ha ido convirtiendo en un poderoso instrumento de análisis, que ha terminado por conquistar a innumerables pensadores y corrientes de vanguardia de la América Latina, continente en plena ebullición tanto en la dimensión de las ideas como de las praxis políticas.

Su recorrido no es tan reciente. Al menos debemos ha­blar de unas cuatro décadas dedicadas a la construcción de esta nueva área de conocimiento. Aquí debe señalarse la contribución de buen número de autores, así como la realización de eventos, coloquios, seminarios y congresos, y la creación de colectivos de escala regional. Entre los impulsores de este nuevo campo podemos citar a E. Leff, S. Zermeño y Gian Carlo Delgado en México; a A. Escobar, A. A. Maya y J. Carrizosa en Colombia; a H. Alimonda, W. Pengue y H. Sejenovich en Argentina; E. Gudynas en Uruguay; G. Gallopin y A. Elizondo en Chile, y C. Cavalcanti y C.W. Porto-Gonzalvez en Brasil. De especial importancia ha sido el impulso que desde el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) se ha dado a esta corriente, encabezado por Héctor Alimonda, recientemente fallecido, y cuya visión y esfuerzo lo sitúan como el indiscutible promotor de una ecología política latinoamericana. Entre los eventos que son dignos de citarse por su impacto y repercusiones están el Congreso Latinoamericano de Ecología Política, celebrado en Santiago de Chile en 2014, y el primer Congreso Latinoamericano de Conflictos Ambientales organizado por la Universidad Nacional General Sarmiento en Argentina, donde se presentaron cerca de 600 trabajos y se hizo un recuento del "pensamiento ambiental del Sur", que es el nombre del libro con las conferencias magistrales del acto (en prensa). La última evidencia de este acto de seducción regional ha sido el Seminario Latinoamericano organizado hace unos días en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), que reunió a investigadores de todos los campos del conocimiento (desde biólogos, agrónomos y geógrafos hasta educadores, sociólogos, politólogos y antropólogos ) y a dirigentes, militantes y actores políticos de Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia y varias regiones de México.

La ecología política en la región se ha ido ensanchando y consolidando en la medida en que las luchas políticas relacionadas con la naturaleza han ido cambiando su epicentro: de las áreas urbanas e industriales hacia las regiones rurales y agrarias. Esto ha permitido la transición desde un ambientalismo urbano, clasemediero, eurocéntrico y un tanto ingenuo, a una verdadera ecología política ligada y comprometida con lo que J. Martinez-Álier llamó el "ambientalismo de los pobres" (véase mi olvidado ensayo sobre el tema en Nexos, 69, 1983). Ello ha sido acentuado con el retorno y la expansión del extractivismo a lo largo y ancho de la región: minería, petróleo y gas, biodiversidad, recursos forestales e hidráulicos, expansión carretera y aun proyectos eólicos, solares y megaturísticos. Por ello la ecología política latinoamericana está básicamente centrada en las luchas que los pueblos rurales llevan a cabo en la defensa de su territorios, sus culturas y sus equilibrios regionales. Aquí no debe olvidarse que en Latinoamérica viven unos 65 millones de campesinos, la mayoría pertenecientes a pueblos indígenas que hablan mil 26 lenguas, además de una nutrida población afrodescendiente con una presencia notable en Venezuela, Colombia y Ecuador, y de un mosaico de pueblos tradicionales en Brasil. Tampoco puede obviarse el hecho de que la población indígena de la región crece a tasas mucho mayores que la de los mestizos, y que estas comunidades tradicionales detentan gigantescos territorios como es el caso de Brasil, Perú, Colombia y México.

En lo general la ecología política ha desatado amplios debates e innumerables reflexiones en torno al destino de la región, ha desechado y sepultado el mito del desarrollo y el crecimiento, ha tomado contacto con las propuestas andinas y mesoamericanas del "buen vivir" o "la comunalidad", ha inducido en cierta forma la aparición de la "Encíclica Verde" (a través de las ideas ecoteológicas de Leonardo Boff), y ha cuestionado tanto las políticas públicas neoliberales como las de los llamados "gobiernos progresistas". En esto último han sido notables las contradicciones con los gobiernos de Brasil, Ecuador, Bolivia y Venezuela (que favorecieron los grandes proyectos mineros, hidráulicos, de maíz y soya transgénicos, carne, petróleo y gas), y su apoyo decidido a las resistencias locales y regionales ante el avasallamiento de las grandes corporaciones favorecidas por los gobiernos. Finalmente debe señalarse que en el supremo debate sobre el devenir del mundo y del planeta, la ecología política al nutrirse de las cruentas luchas que se realizan en el laboratorio latinoamericano, están aportando importantes novedades ante lo que cada vez más será un campo de batalla entre "proyectos de muerte" y "proyectos de vida". Entre colapso y supervivencia.

http://www.jornada.unam.mx/2017/05/23/opinion/020a1pol

 
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